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Sin Fin

El doctor en metafísica Jan Clover, científico de reconocido renombre y profesor de ciencias básicas en una prestigiosa universidad de la ciudad de Londres, llevaba algunos años dedicándose a estudiar el origen de los agujeros negros del espacio exterior. Aquella tarde, en una de sus clases universitarias, sus teorías pasarían a la practica dando un importante salto en la investigación y el desarrollo.

– En el interior de esta esfera de cristal – decía sujetando con ambas manos dicho objeto – he imitado las condiciones físicas y químicas del universo, y justo en el centro, si observáis, se distingue un punto oscuro, tan oscuro que llamarlo negro sería una burda descripción. Eso es un agujero negro, o lo que viene a ser científicamente llamado, túnel del tiempo. Las teorías nos empujan a pensar que cualquier contacto que tuviese con algún alguna materia orgánica quebraría el flujo continuo del espacio-tiempo creando así un bucle o una repetición del tiempo ya vivido, es decir, del pasado. Hoy penetraremos en el interior de la esfera con un fino tubo sin que se pierdan las condiciones físicas de esta, ya que solo introducirlo quedara totalmente sellada. Pasaremos por el cilindro una molécula de agua desde el exterior hasta el centro del agujero negro y analizaremos los resultados. ¡Comencemos entonces!.

Con la excitación propia de un investigador a punto de encontrar la perseguida explicación de la vida, atravesó la esfera con el cilindro, y por este, con mucho cuidado, hizo descender poco a poco la partícula Y justo en el momento de llegar al centro…

El doctor en metafísica Jan Clover, científico de reconocido renombre y profesor de ciencias básicas en una prestigiosa universidad de la ciudad de Londres, llevaba algunos años dedicándose a estudiar el origen de los agujeros negros del espacio exterior. Aquella tarde….

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Ya sabéis que hoy todos, o casi todos, moriréis – gritó el capitán. – Somos la esperanza del Gran Gobernador, somos sus 10.000 mejores guerreros. Nos han traído a un terreno desconocido, no sabemos que nos vamos a encontrar ahí fuera. Solo sabemos que la lucha será fiera y la resistencia temible. Muchos caerán apenas empiece todo esto, la gran mayoría no soportara el avance, y los pocos que lleguen a la base probablemente no tengáis la suficiente fuerza para derrocar las murallas.

Pero el esfuerzo de uno es el esfuerzo de todos. Luchar por sobrevivir, luchar por cada centímetro cuadrado, luchar por aquello de donde venimos, ¡luchemos por nuestro Gran Gobernador!

– ¡Uuuuueeeeee! – bramaron todos al unisono. Se miraron entre ellos, con miradas tan severas que helaba la sangre. No tenían miedo, habían sido entrenados como temibles luchadores. Solo esperaban el triunfo o la muerte.

En aquel momento las puertas del transbordador se abrieron, y sin pensarlo ni un momento, salieron a la carga pisándose los talones.

Como era de esperar la lucha fue fiera, y la resistencia temible. Lucharon como valientes y como valientes fueron muriendo en el camino. Tan solo unos pocos llagaron a la gigantesca muralla, y con practicada estrategia militar, empezaron a treparla. Uno, dos, tres, cuatro… morían como moscas. Con aquellas murallas concienzudamente electrificadas, el fuerte era inexpugnable. Finalmente el destino quedo en manos de un solo valiente. Aquel soldado solitario se convirtió en un verdadero héroe. Tras repasar visualmente los puntos flacos del cercado, decidió rodear la, y en el extremo opuesto de su antigua posición, encontró una estrecha grieta, y sin pensarlo ni un instante, en un acto de valentía que rozaba la locura, penetró.

Las noticias de la victoria no se demoraron demasiado en llegar a oídos del Gran Gobernador.

– Señor Cuenca, la fecundación invitro ha sido todo un éxito.

La calle 43

Hay quienes afirman

 que las cosas y los lugares poseen un alma,

 y hay quienes lo niegan;

 por mi parte no osaré dar opinión,

 sino que voy a hablar acerca de la Calle.”

H.P. Lovecraft

Terribles son los acontecimientos que, por una desafortunada decisión, sufrí en el año 1932, y a fecha de hoy, dos años después, mientras escribo estas líneas, un tremendo temor se atenaza en mí ser. Una experiencia que transformo mi vida en una carrera vertiginosa hacia el declive. El final de mi ordinaria vida, donde las pesadillas se tornaron realidad y la lucidez en demencia. Y por eso, aun no se con que desesperado propósito, he decidido escribir mi pericia diabólica, en un intento de apaciguar mis desenfrenados pensamientos y poner fin a este sin sentido.

Mi nombre es Freiheit Scurvy. En aquellas fechas yo era un conocido y respetado historiador, y a día de hoy, es lo único que aún  puedo asegurar. Un día la desdicha se presento ante mí mediante un telegrama, este venia dirigida desde un nuevo museo de la capital inglesa. Me ofrecían un puesto de trabajo al cual desgraciadamente accedí sin reparo. Las condiciones incluían alojamiento en una pequeña buhardilla a las afueras de la ciudad londinense, un barrio honesto y descuidado de pocos vecinos. Siempre había sido definidamente reservado y aunque tenía la dirección de algún colega de oficio que residía en las proximidades, mis días hasta el momento habían sido exclusivamente íntimos. Breves paseos nocturnos ocupaban la mayor parte de mi ocio, recorriendo las poco alumbradas calles próximas a mi casa. En una de las ocasiones, acabando mi circuito habitual, instintivamente gire, incorporándome a otra callejuela por la que nunca había pasado. Y digo instintivamente porque creo que no fui consciente de la variación hasta que no me encontré frente a un estrecho callejón que nacía en el centro de la vía. La calle 43.

Vacía, sin puertas ni ventanas, la calle 43 era siniestra e inútil. Deformidades en sus paredes provocaban un tétrico y oscuro panorama, donde ni en un día soleado entraba ni un apéndice de luz en las profundidades del largísimo y angosto pasadizo. Desde entonces quedé atrapado en una red invisible que me atraía, ahora que lo pienso, como el  cebo que emplearía un cazador con su presa. De modo que cada tarde, en el camino del museo a mi casa, me desviaba del trayecto libreta y lápiz en mano, para visitar mi neurótico callejón. Esa fuerza misteriosa me atraía inexplicablemente a su entrada, y habitualmente había adquirido la costumbre de escribir, en el pequeño cuaderno, los sentimientos que me trasmitía el húmedo pasadizo. Aun no soy consciente con que absurda idea hacía todo esto; pero cada vez que repasaba las notas, un miedo terrorífico me abordaba recorriéndome la columna vertebral e instalándose en mí estomago. Quizás por eso, en mi obsesa idea de comprender esas sensaciones, decidí entrar.

No suelo tomar decisiones precipitadamente; así que, durante algunos días, procuré indagar en las antiguas y aciagas historias que se aferraban en cada una de las deslucidas piedras que formaban aquel callejón. Quise informarme interrogando a los lugareños que vivían en las proximidades y lo único que recibí fueron amenazas y advertencias, donde todos coincidían en lo peligroso que podría llegar a ser si me acercaba y me comprometía demasiado, que aquello no era más que la entrada a los infiernos, el vestíbulo de las Tinieblas. Todos ellos vivían bajo la intimidación de los rumores y conocían viejas  y demenciales patrañas que a uno le helaba la sangre; así que, más confuso aun, decidí ir más allá y pensé en acercarme a una hemeroteca con la idea de revisar viejas crónicas, ya que me habían hecho saber que allí habían sucedido varios acontecimientos violentos. Una vez ya en el edificio y después de largas horas de búsqueda, una noticia me llamó la atención. Describía la enigmática desaparición  de un menesteroso que frecuentaba el barrio londinense en el que se situaba la funesta calle 43, el pilar de mis preocupaciones. Leí detenidamente el artículo el cual describía los acontecimientos. Por lo visto, el mendigo, fue visto por última vez durante una noche, en la que él se instaló justo en la entrada del callejón. El apartado además mencionaba, como anécdota, otro terrible suceso aparentemente sin relación alguna. Hablaba de un extraño rito nocturno, realizado por algún tipo de secta que fue disuelta por la policía. Los miembros fueron encarcelados y posteriormente interrogados; pero durante la noche se masticaron la lengua dejándose sin la facultad del habla. También localicé en diferentes periódicos otras noticias inquietantes, como el repentino trastorno en el que entró un joven que perdió la racionalidad, berreó frases sin sentido mientras agredía a algunos transeúntes del lugar, y finalmente, se arrebataba la vida al abalanzarse contra un carro en movimiento, y ser pisoteado por las vigorosas patas de los caballos, exhibiendo un grotesco y horrible espectáculo.

Aparentemente, ningunos de estos acontecimientos fueron relacionados unos con otros sin llevarse a cabo conjeturas, y toda aquella información todavía me atormentó y agitó más de lo que ya estaba en un buen principio. Quizás hubiese preferido no encontrar nada y olvidarme del absurdo y obsesivo propósito de entrar  en la callejuela, donde, sin darme cuenta, ya había dado mi primer paso.

Pero no fue así, y tres meses después de aquel primer encuentro con mi pandemónium, entré.

Lo había decidido de tal manera que solo caminaría hasta el fondo, una vez allí acariciaría las paredes con arrogancia y saldría de allí regocijándome ante la absurda situación en la que yo mismo me había envuelto. Pero todo se torció al instante. Debí hacer caso a mis primeras sensaciones y percibir la peligrosidad de mis acciones. Mientras daba el primer paso hacia el interior, una oscuridad más fría que el hielo, junto con un nauseabundo olor, me envolvió aturdiéndome al instante. Di un traspié y caí al suelo. Me levante, y al hacerlo palpé con las manos la superficie del adoquinado que me pareció pegajoso, húmedo, y lo más curioso, escalofriantemente templado. Achaque esas impresiones a mis nervios, y resolví que continuar era la mejor opción. Me sentí observado y percibí en el ambiente un odio que me acechaba escondido en cada una de las piedras que formaban aquel callejón. Los segundos se tornaron minutos y los minutos horas y empecé a tener un miedo terrible; pero nuevamente persistí en mi acometida, paso a paso, avanzando cada vez más, hasta que repentinamente… llegué al final.

Mire a mi alrededor, toque las paredes y no encontré absolutamente nada. En aquel instante suspiré, y me atrevería a decir que incluso me reí. Pensé  en que más me hubiese valido dedicar todo aquel tiempo que había desperdiciado, en acabar informes y trabajos pendientes del museo. Me di la vuelta, y me disponía a regresar cuando de nuevo tropecé; pero esta vez, al tocar el terreno con las manos me di cuenta de que algo era diferente. Lo que tanteé era igualmente cálido, incluso ardiente, pero enseguida comprendí que aquello no podía ser piedra, aquello parecía metal. Golpeé suavemente sobre la plancha  y mis sospechas se confirmaron. Metal. Completamente a ciegas recorrí con los dedos todo el perímetro de la chapa en busca de algún tipo de bisagra; pues a primera impresión me pareció que aquello debía  ser una trampilla subterránea. Al no encontrar nada imaginé que tal vez solo estaba sobrepuesta y decidí sentarme sobre el amenazante y cálido suelo, espalda contra pared y con las rodillas ligeramente dobladas clavé los talones sobre el grueso borde metálico y empujé con una fuerza dominada por una rabia que interiormente sentía hasta ahora imperceptible pero que claramente iba en aumento. Medité sobre estos nuevos sentimientos y los atribuí al incomodo callejón, quizás aquel nauseabundo olor estaba afectando mi estado anímico. Tras unos segundos de esfuerzo la plancha empezó a chirriar y aumenté el empuje. Poco a poco la conseguí desplazarla dejando el espacio suficiente para entrar. Recuperé el aliento durante unos instantes y me incorporé para asomarme hacia el interior del túnel que la plancha cubría y que ahora yo había abierto. Sorprendentemente una tenue claridad me hizo distinguir en seguida una escalera de madera, antigua pero bien conservada, por la que descendías apenas 5 metros antes de llegar a suelo firme. Bajé las escaleras sin atreverme a ojear tras mi espalda. Tanteando escalón tras escalón,  pues la oscuridad, a mi parecer con vida y malvada, reinaba a su antojo. Tras pisar el suelo y todavía sin darme la vuelta, sentí de nuevo aquella insólita rabia que me desorientaba. La percibí mientras se extendía por la sangre con cada latido y  arribando al cerebro, como una droga envenenaría un organismo. Pero un murmullo me distrajo de mi divagación. Presté atención mientras contenía el aliento alerta a cualquier sonido; pero el silencio dominaba de nuevo. “Tranquilo”  me dije, “los nervios junto con las propias resonancias del túnel hacen despertar los temores más insospechados”. Tras unos instantes de atención absoluta decidí voltearme y afrontar, por fin, mis miedos. Efectivamente no encontré engendros ni mucho menos espectros.  Poco a poco mis ojos se habituaron, debo decir, más de lo normal, a la profunda e inquietante  tiniebla. Me hallaba en un estrecho pasadizo, incluso más  angosto que el maldito pasillo que formaba la calle 43. Sus paredes parecían ser de arenisca, sin embargo, el tacto revelaba que conservaba igualmente una temperatura cálida. De nuevo me sorprendió la claridad del túnel; como si de magia se tratara mis ojos conseguían captar cada vez más detalles. Unos grabados en las paredes llamaron mi atención. Parecían ser representaciones en la que la situación era un culto hacia alguna deidad antigua. Había decenas de dibujos, donde, aquí y allá, extrañas imágenes, formaban una idea sobre que tipo de culto creían que era merecedor este Dios, incluso hoy en día, desconocido para mí. Un Dios que, se me antojaba, no era en absoluto benévolo, ya que todas aquellas ilustraciones traían consigo escenas violentas. No me atrevo a describir estas escenas, creo que nadie debería hacerse ni tan siquiera una imagen visual de estos enfermizos grabados, así que no lo intentaré. Justo en el momento en el que decidí avanzar, un tremendo vértigo, junto con un demencial dolor de cabeza, convulsiono todo mi cuerpo. Caí de rodillas y presione fuertemente con mis manos las sienes, y como un depredador al acecho, la poderosa y singular rabia cayo de nuevo sobre mí. Esta vez tuve que esforzarme seriamente para no chillar; apreté con fuerza los puños mientras notaba como mis propias uñas se clavaban sobre mi carne, por suerte, el dolor que me procuro tal acción disipó notablemente mi furia; pero presentí como la confusión nublaba cada vez más mis sentimientos.

Tenía la sensación de que estaba siendo protagonista de un gran descubrimiento; pero también me daba cuenta de que todo aquello era peligrosamente extraño y, sobre todo, de que quería salir de allí cuanto antes. Así que me levante violentamente y me encamine por el pasillo haciendo caso omiso de las representaciones de las paredes, del calor sofocante y de los sonidos de ultratumba. Caminé y caminé y en eso estaba cuando me puse a reflexionar sobre todo el conjunto de casualidades y misterios. Deducí por mis propias conclusiones que los grabados eran tan antiguos como las primeras civilizaciones egipcias. Londres no era ninguna selva ni ningún yermo desierto. La metrópolis, fundada aproximadamente en el año 40, se había construido justo encima del túnel; alguien tenía que haber visto aquel lugar alguna vez. Repasé mentalmente todo lo que había leído en la hemeroteca, y acabé encontrando relaciones con el esotérico rito diabólico mencionado en uno de los periódicos, aquellos que perdieron la facultad del habla deliberadamente para ocultar sus intereses. Si mal no recordaba, el boletín mencionaba que los individuos de dicha secta desaparecieron de las celdas a las pocas horas de haber sido interrogados. Aquel extraño hecho y la coincidencia de mantener un túnel cientos de años oculto hacia sospechar que detrás de todo aquello había gente con mucha influencia. No era ningún secreto que a lo largo de la existencia humana, y sobretodo en tiempos de las civilizaciones sociales tal y como las conocemos hoy en día, ciertas sectas contaban con el apoyo de afiliados dentro de la política, la iglesia incluso la policía. Los intereses eran varios; pero dinero y poder solían encabezarlos.

Mis pensamientos se interrumpieron de manera abrupta al percibir un suave murmullo que parecía provenir del final del pasillo. Apenas era perceptible pero había en el un siniestro y terrorífico tono que helaba la sangre. Creo que en aquel instante debí de perder la cabeza completamente por que no eche a correr en busca de la salida, sino que avancé hacia la dirección de donde parecía provenir el siseo. Avancé lentamente intentando hacer el menor ruido, y apenas recorridos unos metros más, alcancé el final del túnel. Desemboqué en una gran sala excavada de techo alto con largas columnas repartidas. La oscuridad reinaba en la ella; pero se distinguían claramente unas decenas de figuras arrodilladas alrededor de lo que se asemejaba a un sagrario. Por suerte todas ellas me daban la espalada y no parecían haber reparado en mí. Entonaban un cántico que indudablemente eran los murmullos que había escuchado anteriormente. El salmo era grave y monótono pero adopto una escala hipnótica que me inmovilizó completamente. Los fanáticos levantaron los brazos y dirigieron sus cánticos hacia lo que parecía ser una figura religiosa que estaba colocada en el centro del  gigantesco altar. Hasta ahora todavía no había reparado en ella pero al hacerlo la distinguí de los gravados de las paredes. Era espantosa e inhumana y de nuevo omitiré hacer una descripción, me sería imposible.

Lo que ocurrió a continuación puede parecer una historia digna de un enajenado mental, y a ciencia cierta ni tan siquiera yo puedo asegurar que no es así.

Unos de los sectarios, el cual por su atavío pienso que debía de ser el sacerdote, elevo tanto su voz que creí que me iba a estallar la cabeza; el corazón se me aceleró y sufrí un pánico indescriptible. Parecía que su voz estaba cargada de una furia sobrenatural. Una furia que traspasaba los límites físicos donde hasta yo me contagiaba de ella como si de un bostezo se tratara. Era exactamente la misma rabia que me había estado acechando desde que puse un pie en la calle 43. Su aullido creció aun más, era terrorífico y siniestro, parecía no tener fin. La cabeza me daba vueltas, empecé a notar como se me debilitaba el cuerpo y nublaban los ojos. Y en medio de toda aquella confusión la locura hizo su presentación con la imagen más horrible que nadie puede imaginar. En el centro de la sala una tétrica criatura apareció, todavía no se como. Tan siniestra y oscura que parecía absorber la claridad del lugar y hasta la lucidez de la mente. Sus retorcidos brazos y sus amenazantes garras dibujaron en mi mente un recuerdo sobre una imagen que había visto hacia bien poco. Era la divinidad, o un demonio a mi parecer, que en todos los grabados aparecía venerado. Y en aquel instante, aquello que parecían sus ojos, que rezumbaban un odio fulminante, se posaron en mí, atravesando el más íntimo de mis pensamientos y llevándome a un estado catatonico. El último recuerdo antes de desmayarme fue su voz. Un gruñido espeluznante, depravado, indigno e infame; un gruñido claramente dirigido hacía mí. Un bramar que nunca olvidaré, e imposible de pronunciar por la lengua humana; pero que su sonido dibujo en mi mente palabras fáciles de evocar y que cito textualmente: “Yo soy aquel que de la muerte renazco, yo soy tu Dios Klmnéur, soberano en la oscuridad

Después de aquello desperté tres días más tarde, en el hospital psiquiátrico Real de Bethlem. Por lo visto fui encontrado agazapado detrás de unos arbustos, en un estado depravado y consumido, en el que repetía una y otra vez la palabra “Klmnéur”, lo cual no traía ningún significado para nadie. Fui encerrado y atado a una camilla, sin dar a otra opción por mi estado violento. He sido entrevistado y tratado como cualquier demente con delirios. No confío ni tan siquiera en mis propios recuerdos, quizá este loco. Por las noches no consigo conciliar el sueño, de hecho, creo que hace dos años que no duermo ininterrumpidamente sin que me asalten terribles imágenes de lo vivido. Todo ello es insoportable. Durante algún tiempo llegué a confiar que sería transitorio; sin embargo, la desolación y el odio segan cada día más mi alma. Debo confesar que ni con estos escritos albergo ya esperanza. Me compadezco de mi mismo. Mi salud va en declive, los médicos lo achacan a mi enfermedad mental; piensan que no hay esperanza para mí. Y yo solo espero que la muerte llegue pronto, y borrar para siempre las espantosas palabras que me asaltan día y noche: “Yo soy aquel que de la muerte renazco, yo soy tu Dios Klmnéur, soberano en la oscuridad”.